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Calendarios solares indígenas: el otro Año Nuevo
Ene 5th, 2009 by raulcelsoar

Arqueoastronomía

Calendarios solares indígenas: el otro Año Nuevo

Guiados por los ciclos del sol, los pueblos originarios desarrollaron sus calendarios. Topógrafos e ingenieros, junto con antropólogos y arqueólogos investigan los observatorios solares prehispánicos para conocer las cosmovisiones de esos pueblos.

(C) Prensa UNL – El Litoral

Esta noche, todos vamos a estar pendientes del reloj, esperando las 12 listos para festejar la llegada del nuevo año. Pero más allá de los brindis y abrazos, el paso de un año al otro sucede en el medio de una noche como cualquier otra en nuestro calendario.

Sin embargo, no siempre fue así ya que de acuerdo con calendarios indígenas del hemisferio sur, el año comenzaba con el primer rayo de sol del 21 de junio; mientras que en el hemisferio norte se iniciaba el 21 de diciembre. No son días puestos al azar, sino que coinciden con puntos clave del ciclo solar: los solsticios que fueron identificados por observación.

“Los calendarios de los pueblos originarios se pueden ver. Nosotros en nuestra cultura occidental no podemos hacer eso, sino que nos regimos por calendarios que se imaginan y en los que confiamos”, explicó el ingeniero Julio Bonilla de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, de Colombia quien visitó la Universidad Nacional del Litoral (UNL) para participar del X Congreso Nacional y VII Latinoamericano de Agrimensura en 2008.

Muchos de los pueblos erigieron obras de ingeniería donde se alinearon piedras u otros hitos con los puntos de referencia en el horizonte para trazar el calendario de 365 días. Se trata de estructuras de gran precisión donde se indican los puntos precisos de los solsticios y equinoccios en el ciclo solar.
Actualmente, investigadores de diversas ciencias trabajan en conjunto para tratar de comprender estas cosmovisiones. Es un trabajo transdisciplinario entre astrónomos, arqueólogos, topógrafos, etnógrafos y antropólogos que pretende reconstruir la historia a través de las obras de ingeniería. Uno de los calendarios más conocidos está en Machu Picchu, pero existen otras estructuras similares en todo el mundo, incluso se cree que en Argentina.

La fiesta del sol

A lo largo de los 365 días del año, el sol aparece en el horizonte en diferentes puntos, pero en el solsticio de invierno -es decir, cuando el sol alcanza el cenit sobre el Trópico de Cáncer – se detiene y aparece tres días por un mismo punto.

Según Bonilla, ese momento del calendario era identificado como una festividad, no sólo para pueblos americanos sino también en culturas europeas.

“Se trata de un ciclo que uno lo ve, donde se materializa el tiempo en ese primer rayo de sol que sale en la montaña y uno puede ver ese nuevo año. Para las cosmovisiones de los pueblos andinos, ese haz primero de luz da energía y por eso lo esperan con sus palmas hacia el Sol”, detalló.

La arqueoastronomía

Para tratar de dar significado a diferentes estructuras antiguas que se encontraban en todo el mundo, desde la década de 1930 se está gestando una nueva disciplina: la arqueoastronomía.

“La arqueoastronomía la iniciaron principalmente antropólogos, haciendo apreciaciones muy aproximadas. Nosotros como topógrafos e ingenieros estamos tratando de precisar técnicamente alineamientos”, explicó.
El estudio comienza desde la indagación de la astronomía antigua -previa a la cultura occidental- que tiene estrellas con diferentes nombres y otras constelaciones. “Hay que ver como veían los pueblos ancestrales su entorno”, sostuvo Bonilla.

En este trabajo, luego se continúa con la colaboración de herramientas de la topografía, la geodesia y la cartografía que permiten ayudar a dilucidar si las interpretaciones antropológicas de estas estructuras son válidas.

Existen diversas técnicas con diferentes grados de exactitud y complejidad de las que se valen los investigadores. Desde la brújula y la cinta métrica hasta sofisticados GPS, todos se utilizan con el fin de recolectar datos, realizar mediciones y observaciones para analizar sus significados.

“A partir de este tipo de elementos podemos volver a mirar nuestras raíces, lo que éramos”, indicó el especialista y agregó: “Hablamos de interdisciplinariedad porque más allá de identificar un observatorio lo que nos interesa es que podemos recuperar la simbología, el pensamiento y el equilibrio del hombre con el medio ambiente”.

En Argentina

En la provincia de Tucumán existe una estructura, los Menhires, compuesta por columnas fálicas similares a otras que se encuentran en Colombia y Perú. Esta reserva arqueológica situada a 15 km de Tafí del Valle cuenta con unos 50 megalitos que, de acuerdo con las especulaciones de arqueostrónomos incluyen un calendario solar.

Pero el estudio de estas estructuras no es fácil. “Las petras han sido movidas por el gobierno, perdiendo todo el significado astronómico, cósmico, topográfico que pudo haber tenido”, contó Bonilla.

Publicado por DIARIO EL LITORAL DE SANTA FE

APRENDED, INDIOS POBRES…
Oct 16th, 2008 by raulcelsoar

APRENDED, INDIOS POBRES…

Rebelión y poder
en la Araucanía y las pampas

(segunda mitad del siglo XVIII)

Daniel Villar y Juan Francisco Jiménez
Universidad Nacional del Sur

‘Aprended, indios pobres, esclavos, a matar españoles y a tener chapeados, estribos de plata, chupas y calzones buenos así como nosotros
estamos hechos a hacerlo en los caminos, y no estar sujetos…’

(Palabras de seguidores del cacique corsario Llanketruz transcriptas
por el comandante de armas de Mendoza, José Francisco de Amigorena,
en carta al virrey Loreto, 1787.)

En 1771, en un documento español llamado
Relación anónima de los levantamientos de
indios, un cronista hablaba de un desconocido
y dilatado territorio, ubicado en las lejanas
fronteras meridionales del imperio de Carlos III y
denominado Mamil Mapu por los nativos, al que
en su opinión mejor le cabría el nombre de Argel
disimulado.

La metáfora apuntaba a lograr que
los burócratas españoles, relacionándola con la
de los corsarios berberiscos, se imaginasen la belicosidad
de ciertos caciques de aquella comarca
y la virulencia de sus constantes ataques al vital
tránsito de caravanas que recorrían el camino entre
Buenos Aires y Chile pasando por Mendoza.
Dichos caciques acumularon poder y fueron capaces
de aunar voluntades y tejer una apretada trama
de alianzas sostenida por la beligerancia de
sus conductas, la fuerza de sus lanzas y la eficaz
utilización de la ideología.

Mamil Mapu significa país del monte en mapu
dungum, el idioma de la Araucanía progresivamente
adoptado como lengua franca por las poblaciones
indígenas del norte de la Patagonia y de
la región pampeana desde el siglo XVII en adelante.
Ese país del monte se correspondía con la región
natural de igual nombre, un área en la que
dominan el caldén y el algarrobo (árboles del género
Prosopis) y que va desapareciendo gradualmente
hacia el Este al hacerse prevalecientes los
pastizales de la pampa bonaerense.
No todos los indígenas del Mamil Mapu tuvieron
el mismo comportamiento ante los españoles.

Algunos comenzaron en actitud de abierta rebelión
y, cuando creyeron llegado el momento o
cuando las circunstancias los obligaron, pactaron
con las administraciones coloniales de la frontera.
Seguramente supusieron que, de esa forma, se
verían favorecidos en la puja por las hegemonías
regionales. Otros persistieron en la rebeldía, incluso
al precio de su propia supervivencia. Aquellos
y estos pagaron un alto costo en vidas, territorios
y recursos. Aun cuando los primeros, asistidos
por el apoyo hispano-criollo, imaginaron que podrían
resultar vencedores en los conflictos entre
nativos, lo cierto es que no lo fueron, si el éxito se
midiese con relación a dichos costos.

Pero más allá de la suerte de los protagonistas,
la gesta de los rebeldes constituyó un capítulo
más en el interesante y complejo proceso de migración
de poblaciones de la Araucanía hacia Puel
Mapu, el país del este, es decir, las mencionadas
tierras del norte patagónico y de la región pampeana.
Esa migración existió desde antiguo, pero
se intensificó cuando los españoles ocuparon Chile
a mediados del siglo XVI, y se prolongó hasta la
primera mitad del XIX. Ocasionó la fusión y la fisión,
la desaparición y el surgimiento de grupos
indígenas en las regiones de destino.

Por ejemplo,
a ella se debe, durante la segunda mitad del siglo
XVIII, la constitución del grupo conocido con el
nombre de ranqueles, habitantes de Mamil Mapu.
Los organizadores de malones o caciques corsarios
(como los llamaron los hispano-criollos), además
de sus destrezas bélicas, habilidades diplomáticas
y manipulación con fines propagandísticos
del botín que capturaban, retornaron a un discurso
ideológico elaborado por los reche de siglos anteriores
que les había proporcionado una justificación
a sus ataques contra los españoles.

En ese
momento, el contexto era distinto al vigente en el
siglo XVI, cuando reche y europeos se encontraron
por primera vez. Entonces el principal objetivo de
los nativos había sido la expulsión de los recién llegados,
pero en la segunda mitad del siglo XVIII su
presencia constituía un hecho irreversible que
cambiaba los propósitos de la rebelión.

En la Araucanía, entre la latitud del actual Santiago
(unos 34°) y la del golfo de Reloncaví (aproximadamente
42°), los españoles encontraron una
numerosa población indígena que les presentó
una fuerte resistencia. Esos nativos –que los conquistadores
llamarían araucanos– eran los picunche,
los reche y los huilliche.

La primera y la tercera de esas denominaciones
solo constituyen referencias
geográficas (significan gente del norte y
del sur, respectivamente). En cambio reche, que
quiere decir Los Hombres, posiblemente se aplicara
a todo el conjunto. En el siglo XVIII, ese nombre
étnico fue perdiendo vigencia en favor de mapuche
(hombres de la tierra), al tiempo que cobraba
creciente importancia la reivindicación de su territorio.

Por otro lado, desde tiempos muy anteriores
al arribo de los europeos, esos grupos trascordilleranos
mantuvieron relaciones con los pehuenche,
que vivían en los valles de ambos lados de
los Andes, entre los 38° y 42° de latitud, así como
con los indígenas que llamaron tehuelche o puelche,
afincados en el norte de la Patagonia y en
sectores de la llanura pampeana.

Todas estas sociedades experimentaron grandes
cambios a partir de mediados del siglo XVI
(desde 1536 en el Río de la Plata y 1540 en el territorio
trasandino), producidos por la presencia
de los españoles y, en particular, por el ganado
doméstico y los bienes manufacturados que estos
trajeron consigo y por el contacto prolongado
con una sociedad con instituciones completamente
distintas de las nativas, que eran las propias
de grupos tribales o de cazadores recolectores.

Una de las consecuencias de este proceso de
cambios fue la migración temporaria o permanente
de poblaciones de la Araucanía al norte de
la Patagonia y a la región pampeana. Se produjo
así la llamada araucanización de las pampas, un
fenómeno sobre el que, en los últimos años, se ha
actualizado el debate entre antropólogos e historiadores,
insatisfechos con su descripción y explicación
tradicionales.

En la literatura especializada
más reciente, se esbozan enfoques nuevos que
esta nota intenta contribuir refiriéndose específicamente
al caso del Mamil Mapu en la segunda
mitad del siglo XVIII, uno de los momentos de
apogeo de aquel proceso.

Durante los primeros cien años de contacto con
los españoles y en medio de un obstinado enfrentamiento
bélico con ellos, los habitantes de la
Araucanía elaboraron –o actualizaron, si se tiene
en cuenta que antes de 1540 se habían opuesto a
la penetración imperial incaica– una ideología de
resistencia contra quienes consideraban intrusos
en su territorio.

Su discurso proclamaba el odio
hacia los recién llegados, al tiempo que incitaba a
derrotarlos sin demora y descartaba actitudes
conciliatorias o de negociación. Conscientes de
que se trataba de agravios insoportables para los
invasores, los alzados estimulaban la ofensa a los
cautivos y la profanación de imágenes y objetos
del culto cristiano.

La exhibición de bienes suntuarios
y sagrados arrebatados a los españoles, como
ropas, cálices o incensarios, reforzaba el renombre
de los caciques y de los grupos que protagonizaban
los asaltos, al tiempo que producía temor
en la sociedad hispano-criolla.

El aukan (la rebelión,
la voluntad de resistir para triunfar, el objetivo
de no someterse) se convirtió en patrón de
conducta de muchos indígenas, mantenido a lo
largo del tiempo. La condición de auka (rebelde,
difícil de sujetar, bravío), un calificativo negativo
para los españoles, constituía una distinción para
los nativos, que la ostentaban desafiantes en sus
incursiones y saqueos.

CONTINUARÁ

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