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LAS COMPARACIONES SON ODIOSAS
Nov 25th, 2008 by raulcelsoar

ADN
Mapa genético de los defectos argentinos

JORGE LANATA

Las comparaciones son odiosas

“(Las verdades morales cardinales son éstas:) que todos los hombres fueron creados por igual, que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad. Que para asegurar estos derechos se instituyen Gobiernos entre los Hombres, los cuales derivan sus poderes legítimos del Consentimiento de los Gobernados.”

Preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos de América

“Todo hombre y todo grupo de hombres sobre la Tierra tienen el derecho de gobernarse a sí mismos.”

Thomas Jefferson

Hubo una conquista estatal, y otra privada. Una fue católica, la otra protestante. Ambas sangrientas: en una los conquistadores se mezclaron, en la otra cercaron a los indios hasta casi desaparecerlos por completo, en ambas abusaron de los negros (en una fueron carne de cañón de las luchas por la Independencia y en la otra lucharon por sus derechos ciudadanos y aún hoy lo continúan haciendo).
En El autoritarismo y la improductividad, García Hamilton resume este juego de espejos entre las infancias de América del Sur y de América del Norte:

• En Nueva Inglaterra, el rey otorgaba a un número determinado de peregrinos el derecho de organizarse en sociedad y a gobernarse por sí mismos.

• En otros territorios (Carolina del Norte y del Sur, Pennsylvania o Maryland), la Corona otorgaba a una persona o empresa la propiedad de los territorios, y era esa persona realo jurídica quien gobernaba.

• En Nueva York, el rey sometió el territorio a un gobernador elegido desde Londres, con un sistema bastante similar al de la dominación española.

• En todos los casos, desde la instalación de las comunidades, las autoridades fueron elegidas por medio del voto universal, se autorizó el plebiscito para algunos asuntos públicos y el juicio por jurados. A mediados del siglo XIX, en la mayoría de los estados, fue aprobado mediante plebiscito el voto femenino.

En algunos casos, como el sucedido en Virginia en 1624, la Asamblea despojó a la compañía colonizadora del cobro de los impuestos e intervino en la elaboración de los gastos del estado.
Las primeras colonias inglesas estuvieron integradas por ciudadanos británicos que partieron sin ninguna autorización oficial y sin encargo ni vínculo alguno con la Corona. En el caso de España, tal como señala Hamilton, se dio lo inverso: Colón esperó ocho años para conseguir el patrocinio de los Reyes Católicos en 1492, y viajó como “un emisario y representante del Fisco, con los títulos condicionales de Almirante, Virrey y Gobernador de las islas y tierras que descubriera”.

El poder de la Corona se hacía sentir permanentemente en las Indias, y la posibilidad de autogobierno era vista como una conspiración y combatida como tal. A medida que el poder político se concentró más y más en los monarcas, los cabildos se fueron aristocratizando. A fines del siglo XV, los reyes decidieron que el cargo de regidor y el de corregidor (quien presidía el cabildo) fueran vitalicios y nombrados directamente desde España. A la vez, la venta de cargos capitulares logró opacar el rol de los cabildos. Los cargos de alcalde, alguacil mayor, contador y escribanos de gobierno fueron vendidos en remate público y al mejor postor.

La economía local de la colonia dependía en su totalidad de los designios de la Corona de España. El rey decidía sobre los denominados “estancos”, que autorizaban el monopolio comercial sobre determinadas “concesiones”. Hubo, de ese modo, concesiones estatales sobre la venta de mercurio, sal, tabaco, naipes, pimienta, pólvora y riña de gallos. La Corona también monopolizó la venta de lana de vicuña, prohibió la producción de vid y olivo en algunas áreas a favor de otras, y fijó precios máximos para el vino y el jabón. En 1524, Hernán Cortés fijó en sus ordenanzas los precios de algunas mercaderías: una gallina de Castilla, un peso y medio; un huevo, medio real de oro; una azumbre de vino, medio o un peso de oro, según la distancia del puerto de Veracruz hasta la taberna.

• Los primeros inmigrantes ingleses llegaron a lo que es hoy Estados Unidos escapando de la persecución religiosa o de internas políticas de la Corona británica (el autoritarismo de Carlos I de Inglaterra o la posterior revuelta de Oliver Cromwell). Otros, entre 1620 y 1635, soportaron las doce semanas de navegación escapando de las malas cosechas y la desocupación. Pero más allá de los motivos particulares, bien podría afirmarse que el ethos norteamericano estuvo basado en la cultura religiosa protestante.

Durante los levantamientos religiosos del siglo XVI, grupos puritanos trataron de reformar desde adentro a la Iglesia Establecida de Inglaterra: buscaban reemplazar los ritos estructurales del catolicismo romano. Ya en 1523 Martín Lutero había escrito “Sobre la autoridad secular, hasta dónde se le debe obediencia”. La figura católica del papa y los deberes de la feligresía para con éste llevaron al protestantismo a repudiar todo mediador posible entre Dios y el ser humano. La Reforma, podría decirse, se basó en tres lemas: sólo Dios, sólo la Escritura, sólo la Gracia. “Que todo hombre que se reconozca cristiano esté seguro y sepa que somos igualmente sacerdotes; es decir, que tenemos el mismo poder con respecto a la Palabra y a todo sacramento”, escribió Lutero, para quien la salvación dependía únicamente de la Gracia de Dios: el hombre no puede salvarse a sí mismo, y Dios ofrece todo lo necesario para la “justificación”, el restablecimiento de la relación entre el pecador y Dios. Las buegas obras no son causa de la justificación, sino su resultado.

LUTERO MARTIN
En 1607 un grupo de separatistas puritanos decidió refugiarse en Leyden, Holanda y abandonar la lucha interna en su país. Allí obtuvieron una patente sobre las tierras de la Virginia Company en 1620 y, a bordo del buque Mayflower, desembarcaron en el cabo Cod, en Nueva Inglaterra. No fueron la primera colonia en esas tierras, pero cargaron con el símbolo fundacional a partir del denominado “Pacto del Mayflower”, que adoptaron como instrumento de gobierno.[1] “A fin de reunirnos —decía— bajo un sistema político civil para nuestro mejor ordenamiento y preservación (…) y en virtud del mismo tener poder para promulgar, constituir y elaborar leyes, mandatos, actas, constituciones y cargos que sean justos e igualitarios (…) de acuerdo con lo que se juzgue más idóneo y conveniente para el bien general de la colonia.” Un elemento adicional colaboró para la supervivencia de los colonos del Mayflower: los indios wampanoag les enseñaron a cultivar maíz. Ya hemos visto que los españoles consideraban al comercio o los trabajos de labranza como “oficios viles”, a lo que deberá sumarse la siguiente observación de García Hamilton: “Es cierto que Colón, por instrucciones de la Corona y por convicción, llevó en su segundo y tercer viaje agricultores y hortelanos, pero no es menos cierto que, como lo destacó Silvio Zabala,[2] la colonización pacífica a cargo de los labradores y artesanos no fue el patrón normal y general de la emigración de los españoles a América. La mayoría de los integrantes de las primeras expediciones estaba formada por soldados que habían luchado en la reconquista, oficiales en las campañas de Francia e Italia o segundones de las familias hidalgas empobrecidos por el mayorazgo.”

En otras regiones de América del Norte la vida de los colonos no fue tan idílica, aunque sí estuvo igualmente atravesada por un claro espíritu de empresa: el asentamiento en Manhat-
tan se inició a principios de la década de 1620, cuando la isla fue comprada por 24 dólares a los indios locales. Allí los holandeses alentaron la creación de una especie de aristocracia feudal con el sistema de encomiendas establecido en varios emprendimientos rurales en el río Hudson. En la América hispana, las encomiendas habían servido como una forma encubierta de la esclavitud de los indios que trabajaban encadenados y al borde de la inanición. En el Plata, la encomienda estableció servidumbre a los señores a cambio de protección para los siervos. Se entregaba una comunidad de indios a un español (benemérito) a cambio de los servicios prestados por éste. Para decirlo de otro modo: el encomendero cobra y disfruta el tributo de sus indios, en dinero, en especie (alimentos, tejidos, etc.) o en trabajo (construcción de casas, cultivo de tierras o cualquier otro servicio); a cambio de ello, debe amparar y proteger a los indios encomendados e instruirlos en la religión católica, por sí o por medio de una persona seglar o eclesiástica (doctrinero) que él mantendrá. Por lo tanto, la encomienda no implicaba la propiedad sobre los nativos; era una concesión no heredable. Al quedar vacante, volvía al monarca, quien podía retener a los indígenas bajo administración real o entregarlos a otro encomendero.

Bajo el mismo sistema en el Norte, cualquier accionista o patrón que pudiera llevar a 50 adultos a trabajar en su propiedad durante cuatro años, se hacía acreedor de una parcela de 25 kilómetros con frente hacia el río, con derechos de caza y pesca. Los inquilinos le pagaban el alquiler al encomendero y le otorgaban una opción prioritaria sobre el excedente de sus cosechas.

Se calcula que la mitad de los colonizadores que se asentaron en el sur de Nueva Inglaterra lo hicieron con ese sistema. El otro sistema vinculado a la tierra fue la esclavitud de los negros, en aumento al crecer la demanda de mano de obra en las plantaciones de tabaco y algodón del sur. La equiparación de los derechos políticos con los habitantes de raza blanca recién fue aprobada el 2 de julio de 1964, y los conflictos raciales (que provocaron, entre otros, los asesinatos de Malcolm X en 1965 y Martin Luther King en 1968) aún hoy continúan.

MARTIN LUTHER KING

“Mucho debe haber contribuido a producir este resultado desgraciado la incorporación de indígenas que hizo la colonización —afirmaba Sarmiento en Conflicto y armonía de las razas en América—. Las razas americanas viven en la ociosidad y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido. Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos.”

Algunos autores —García Hamilton, por ejemplo— no dudan en formularlo de este modo: “Las grandes democracias del mundo se han formado en países de religión protestante”. Como siempre, el problema de formular enunciados matemáticos en el campo sociológico o político nos pone en riesgo de fanatizar la discusión o de simplemente desechar la premisa por considerarla demasiado general. Nadie podría negar el ascendiente religioso en la cultura, ni su importancia en la creación de una escala axiológica para la vida social, pero a la hora de formular una hipótesis tan precisa habría que señalar:

1) El mundo no está compuesto, solamente, por católicos yprotestantes. Si representáramos la población total de6.000 millones de habitantes en una aldea de mil personas, el mundo tendría 329 cristianos (187 católicos, 84protestantes, 31 ortodoxos), 178 musulmanes, 167 creyentes no religiosos, 132 hindúes, 60 budistas, 45 ateos,3 judíos y 86 miembros de otros cultos. Si buscáramosalguna comida “universal” como la hamburguesa y quisiéramos invitar a un nuevo amigo a comer, descubriríamos que el 61% del mundo la rechazaría por motivos religiosos: los islámicos no comen cerdo; los hindúes tienenprohibida la sal y la carne de vaca; los taoístas, el pan; los budistas evitan el tocino; los ortodoxos, los lácteos y losjainistas, las gaseosas. Eso suponiendo que no llevemosal almuerzo a un cristiano en un viernes de Cuaresma. Yreconozcamos que, a pesar de todo, al mundo le ha salido mejor el “Big Mac” que la democracia.

2) La idea que vincula íntimamente al protestantismo conel progreso económico fue propuesta por uno de los “padres fundadores” de la sociología, el alemán Max Weber (1864-1920) en su clásico La ética protestante y el espíritu del capitalismo, publicado entre 1904 y 1905. Para Weber, el ideal religioso fue el motor del desarrollo social, económico y político de Occidente.

3) La Iglesia Católica nunca propició el lucro y el comerciocomo una actividad honesta. La crisis protestante cuestionó esta actitud, fomentando la acumulación de la riqueza y redefiniendo los conceptos católicos de trabajo yprogreso. La Biblia muestra en el Génesis que Adán escastigado con el trabajo debido a su naturaleza caída.”Maldita será la tierra por tu causa —le dice Dios a Adánluego de haber confesado el pecado original—. Con dolorcomerás de ella todos los días de tu vida. Espinas y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y alpolvo volverás.”

4) Para Weber, el espíritu del capitalismo debe entendersecomo un nuevo estilo de vida sujeto a ciertas normas deuna ética determinada. Lo característico de esta “filosofía de la avaricia”es el ideal del hombre honrado digno decrédito, y, más aún, la idea de una obligación frente al interés de aumentar su capital. La prudencia en los negocios, es un verdadero ethos. Benjamin Franklin sosteníaen sus textos que la moralidad es útil porque proporciona crédito, al igual que otras virtudes. La ganancia es elfin del hombre, y no un medio de satisfacción, y el resultado es la virtud en el trabajo.

Para los protestantes, el concepto de “profesión” (del alemán, beruf; en inglés calling, llamado) tiene una clara reminiscencia religiosa; es una misión impuesta por Dios.

De lo que no cabe duda es que la atracción por el “modelo” anglosajón tiene una larga historia en nuestras tierras. “¿Quién conoce caballero entre nosotros —preguntaba Juan Bautista Alberdi ya en 1852— que haga alarde de ser indio neto? ¿Quién casaría a su hermana o a su hija con un infanzón de la Araucanía, y no mil veces con un zapatero inglés?”

[1] La primera colonia inglesa en América del Norte fue Jamestown, establecida por la misma empresa, Virginia Company, a 60 kilómetros de la bahía de Chesapeake, en 1607. Dos años después, entre el asedio de los indios y elhambre, la colonia cayó en la anarquía y en mayo de 1610 sólo 60 de los 300 colonizadores habían sobrevivido.

[2] Véase su artículo “Los trabajadores antillanos en el siglo XVI”.
APRENDED, INDIOS POBRES…
Oct 16th, 2008 by raulcelsoar

APRENDED, INDIOS POBRES…

Rebelión y poder
en la Araucanía y las pampas

(segunda mitad del siglo XVIII)

Daniel Villar y Juan Francisco Jiménez
Universidad Nacional del Sur

‘Aprended, indios pobres, esclavos, a matar españoles y a tener chapeados, estribos de plata, chupas y calzones buenos así como nosotros
estamos hechos a hacerlo en los caminos, y no estar sujetos…’

(Palabras de seguidores del cacique corsario Llanketruz transcriptas
por el comandante de armas de Mendoza, José Francisco de Amigorena,
en carta al virrey Loreto, 1787.)

En 1771, en un documento español llamado
Relación anónima de los levantamientos de
indios, un cronista hablaba de un desconocido
y dilatado territorio, ubicado en las lejanas
fronteras meridionales del imperio de Carlos III y
denominado Mamil Mapu por los nativos, al que
en su opinión mejor le cabría el nombre de Argel
disimulado.

La metáfora apuntaba a lograr que
los burócratas españoles, relacionándola con la
de los corsarios berberiscos, se imaginasen la belicosidad
de ciertos caciques de aquella comarca
y la virulencia de sus constantes ataques al vital
tránsito de caravanas que recorrían el camino entre
Buenos Aires y Chile pasando por Mendoza.
Dichos caciques acumularon poder y fueron capaces
de aunar voluntades y tejer una apretada trama
de alianzas sostenida por la beligerancia de
sus conductas, la fuerza de sus lanzas y la eficaz
utilización de la ideología.

Mamil Mapu significa país del monte en mapu
dungum, el idioma de la Araucanía progresivamente
adoptado como lengua franca por las poblaciones
indígenas del norte de la Patagonia y de
la región pampeana desde el siglo XVII en adelante.
Ese país del monte se correspondía con la región
natural de igual nombre, un área en la que
dominan el caldén y el algarrobo (árboles del género
Prosopis) y que va desapareciendo gradualmente
hacia el Este al hacerse prevalecientes los
pastizales de la pampa bonaerense.
No todos los indígenas del Mamil Mapu tuvieron
el mismo comportamiento ante los españoles.

Algunos comenzaron en actitud de abierta rebelión
y, cuando creyeron llegado el momento o
cuando las circunstancias los obligaron, pactaron
con las administraciones coloniales de la frontera.
Seguramente supusieron que, de esa forma, se
verían favorecidos en la puja por las hegemonías
regionales. Otros persistieron en la rebeldía, incluso
al precio de su propia supervivencia. Aquellos
y estos pagaron un alto costo en vidas, territorios
y recursos. Aun cuando los primeros, asistidos
por el apoyo hispano-criollo, imaginaron que podrían
resultar vencedores en los conflictos entre
nativos, lo cierto es que no lo fueron, si el éxito se
midiese con relación a dichos costos.

Pero más allá de la suerte de los protagonistas,
la gesta de los rebeldes constituyó un capítulo
más en el interesante y complejo proceso de migración
de poblaciones de la Araucanía hacia Puel
Mapu, el país del este, es decir, las mencionadas
tierras del norte patagónico y de la región pampeana.
Esa migración existió desde antiguo, pero
se intensificó cuando los españoles ocuparon Chile
a mediados del siglo XVI, y se prolongó hasta la
primera mitad del XIX. Ocasionó la fusión y la fisión,
la desaparición y el surgimiento de grupos
indígenas en las regiones de destino.

Por ejemplo,
a ella se debe, durante la segunda mitad del siglo
XVIII, la constitución del grupo conocido con el
nombre de ranqueles, habitantes de Mamil Mapu.
Los organizadores de malones o caciques corsarios
(como los llamaron los hispano-criollos), además
de sus destrezas bélicas, habilidades diplomáticas
y manipulación con fines propagandísticos
del botín que capturaban, retornaron a un discurso
ideológico elaborado por los reche de siglos anteriores
que les había proporcionado una justificación
a sus ataques contra los españoles.

En ese
momento, el contexto era distinto al vigente en el
siglo XVI, cuando reche y europeos se encontraron
por primera vez. Entonces el principal objetivo de
los nativos había sido la expulsión de los recién llegados,
pero en la segunda mitad del siglo XVIII su
presencia constituía un hecho irreversible que
cambiaba los propósitos de la rebelión.

En la Araucanía, entre la latitud del actual Santiago
(unos 34°) y la del golfo de Reloncaví (aproximadamente
42°), los españoles encontraron una
numerosa población indígena que les presentó
una fuerte resistencia. Esos nativos –que los conquistadores
llamarían araucanos– eran los picunche,
los reche y los huilliche.

La primera y la tercera de esas denominaciones
solo constituyen referencias
geográficas (significan gente del norte y
del sur, respectivamente). En cambio reche, que
quiere decir Los Hombres, posiblemente se aplicara
a todo el conjunto. En el siglo XVIII, ese nombre
étnico fue perdiendo vigencia en favor de mapuche
(hombres de la tierra), al tiempo que cobraba
creciente importancia la reivindicación de su territorio.

Por otro lado, desde tiempos muy anteriores
al arribo de los europeos, esos grupos trascordilleranos
mantuvieron relaciones con los pehuenche,
que vivían en los valles de ambos lados de
los Andes, entre los 38° y 42° de latitud, así como
con los indígenas que llamaron tehuelche o puelche,
afincados en el norte de la Patagonia y en
sectores de la llanura pampeana.

Todas estas sociedades experimentaron grandes
cambios a partir de mediados del siglo XVI
(desde 1536 en el Río de la Plata y 1540 en el territorio
trasandino), producidos por la presencia
de los españoles y, en particular, por el ganado
doméstico y los bienes manufacturados que estos
trajeron consigo y por el contacto prolongado
con una sociedad con instituciones completamente
distintas de las nativas, que eran las propias
de grupos tribales o de cazadores recolectores.

Una de las consecuencias de este proceso de
cambios fue la migración temporaria o permanente
de poblaciones de la Araucanía al norte de
la Patagonia y a la región pampeana. Se produjo
así la llamada araucanización de las pampas, un
fenómeno sobre el que, en los últimos años, se ha
actualizado el debate entre antropólogos e historiadores,
insatisfechos con su descripción y explicación
tradicionales.

En la literatura especializada
más reciente, se esbozan enfoques nuevos que
esta nota intenta contribuir refiriéndose específicamente
al caso del Mamil Mapu en la segunda
mitad del siglo XVIII, uno de los momentos de
apogeo de aquel proceso.

Durante los primeros cien años de contacto con
los españoles y en medio de un obstinado enfrentamiento
bélico con ellos, los habitantes de la
Araucanía elaboraron –o actualizaron, si se tiene
en cuenta que antes de 1540 se habían opuesto a
la penetración imperial incaica– una ideología de
resistencia contra quienes consideraban intrusos
en su territorio.

Su discurso proclamaba el odio
hacia los recién llegados, al tiempo que incitaba a
derrotarlos sin demora y descartaba actitudes
conciliatorias o de negociación. Conscientes de
que se trataba de agravios insoportables para los
invasores, los alzados estimulaban la ofensa a los
cautivos y la profanación de imágenes y objetos
del culto cristiano.

La exhibición de bienes suntuarios
y sagrados arrebatados a los españoles, como
ropas, cálices o incensarios, reforzaba el renombre
de los caciques y de los grupos que protagonizaban
los asaltos, al tiempo que producía temor
en la sociedad hispano-criolla.

El aukan (la rebelión,
la voluntad de resistir para triunfar, el objetivo
de no someterse) se convirtió en patrón de
conducta de muchos indígenas, mantenido a lo
largo del tiempo. La condición de auka (rebelde,
difícil de sujetar, bravío), un calificativo negativo
para los españoles, constituía una distinción para
los nativos, que la ostentaban desafiantes en sus
incursiones y saqueos.

CONTINUARÁ

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