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EL CRIMEN OCCIDENTAL
Ene 14th, 2009 by raulcelsoar

VIVIANE FORRESTER

El crimen occidental

Viviane Forrester

EL CRIMEN OCCIDENTAL

El horror que había hecho centro en mí era europeo.

VIVIANE FORRESTER, Ce soir, après la guerre.

COLABORACIÓN DE LAURA VIZCAY

¿Cómo olvidar el horror europeo, exorcizar sus huellas, sus

estremecimientos? ¿Cómo encubrir la persistencia de sus pulsiones

originales y, sobre todo, cómo seguir considerando la era nazi como

una monstruosidad episódica, vergonzosa, vencida, erradicada, a la

que bastaría con oponer en lo sucesivo la letanía de los “Esto nunca

más”?

La heroica virtud de esta declaración, pronunciada con el mentón

firme, la mirada intrépida, nos ahorra analizar, definir “esto”, vislumbrar

la diversidad de formas que puede asumir y qué incluye de nuestras

propias marcas. La energía de esta expresión, que no responde tanto al

cariz de un anhelo, de una decisión, como al de una constatación,

permite tomar ese deseo fervoroso, esa intención vaga y perentoria -

ese wishfull thinking, como se diría en inglés- por un compromiso ya

realizado, una misión cumplida, una conclusión adquirida, un escudo

suficiente que nos emancipa y libera de cualquier vigilancia. Cronología

perfecta: Tercer Reich, guerra, aliados victoriosos, el problema está

resuelto.

Hay un detalle, sin embargo, una laguna, que va en contra de este

epílogo: la guerra contra el nazismo no ha tenido lugar. La Alemania

conquistadora fue combatida, con retraso, mediante las armas, y fue

vencida: no hubo una insurrección interior notoria en oposición al

régimen nazi ni una sublevación general, universal, en su contra, así

como tampoco una repulsión instintiva, un rechazo deliberado, y sin

duda ninguna resistencia internacional espontánea, inmediata, dirigida

contra la doctrina y los actos de Hitler a partir de 1933, ni siquiera en el

momento en que no se cuestionó el derecho de injerencia.

A modo de reacción, en 1938, cuando esos actos y esa doctrina y

sus delirios se desplegaban desde hacía cinco años, se celebraron a

fines de septiembre la Conferencia de Múnich -ese consentimiento

oficial, apresurado y hasta obsequioso, y sobre todo traidor, de los

gobiernos francés e inglés a la política expansionista del Reich, sin que

se pusiera en tela de juicio o se mencionara siquiera la barbarie nazi ya

ampliamente manifiesta- y la Conferencia de Évian, celebrada del 6 al

15 de julio, durante la cual 33 países reunidos por Estados Unidos1 iban

a ponerse de acuerdo sobre la ampliación de sus cupos de inmigración

con el objeto de poder acoger a los judíos víctimas de la ideología

hitleriana. Todos, salvo Holanda y Dinamarca, se negaron -Estados

Unidos en primer lugar- a considerar la menor flexibilidad de los magros

contingentes ya autorizados. Al contrario, después de la conferencia, la

Argentina, el Uruguay, México y Chile redujeron sus tasas de

inmigración. Cada país había expresado los motivos de su rechazo.

Australia, olvidando alegremente a sus aborígenes y el trato que se les

había infligido, declaró que nunca había experimentado ningún

problema racial y que quería evitar “crear uno”.* Y fue ese país el que,

inmediatamente después de la guerra, hizo publicar en la prensa

internacional anuncios en los que solicitaba encarecidamente que

fuesen a poblar sus territorios menos habitados, los que ponía a

disposición de los nuevos inmigrados.

En cuanto a Francia, se declaró “saturada”. Por otra parte, el senador

Henri Bérenger escribió a su ministro: “¿Le interesa a Francia aparecer

como el asilo oficial de todos aquellos que Alemania considera sus

enemigos naturales? Se introduciría un elemento de antagonismo

cultural y racial de manera permanente en las relaciones francoalemanas”.

Bérenger ya se había inquietado por tener que dejar entrar

a los “desechos de la inmigración austríaca o alemana”. En conclusión,

la delegación podía felicitarse: había “logrado plenamente evitar

contraer algún compromiso concreto”.

Recordemos que en 1938 Hitler no sólo todavía consentía la

emigración de los judíos alemanes, sino que la reclamaba, como en el

discurso pronunciado en Königsberg: “Estamos dispuestos a poner a

estos criminales [los judíos] a disposición de esos países, y hasta en

barcos de lujo. Poco importa”. Evidentemente, para ellos se trataba de

una cuestión de salvación. De una salvación todavía posible.

El Führer no se privó de burlarse del “llamado del presidente

Roosevelt a los otros países, mientras que Estados Unidos mantiene su

propio contingente de inmigración”. O bien de ironizar: “Si existe un país

que estime que no tiene suficientes judíos, estaría feliz de enviarle a

todos los nuestros”. Ni Goering se priva de citar: “El Führer les va a

decir a los otros países: ‘¿Por qué hablan ustedes siempre de los

judíos? Tómenlos’”. En el Consejo de Ministros del 12 de noviembre de

1938, Goebbels se reía sarcásticamente:

Es curioso comprobar que los países cuya opinión pública se alza a favor de los

judíos siempre se niegan a recibirlos. Dicen que ellos son los pioneros de la

civilización, de los genios de la filosofía y de la creación artística, pero cuando se

les quiere hacer aceptar a estos genios, cierran sus fronteras.

Este repudio (colectivo) correspondía a un consentimiento tácito de los

ensañamientos antisemitas en curso, a una desaprobación de los

perseguidos, a una complicidad con lo absurdo; se podría decir que a

una fraternidad sorda con sus opresores: un vínculo, en suma, con el

síntoma fundador de la dictadura del Tercer Reich. La prensa nazi no lo

entendía de otra manera. Por ejemplo, en el Danziger Vorposten se

podía leer:

Nosotros comprobamos que hay un gusto por sentir compasión por los judíos

cuando se alimenta así una agitación maliciosa frente a Alemania, pero ningún

Estado está dispuesto a luchar contra la tara de Europa Central aceptando a

algunos miles de judíos. La Conferencia de Évian es por tanto una justificación de

la política alemana.

En suma, las democracias occidentales daban carta blanca a Hitler de

manera implícita en lo que respecta a esos judíos decididamente

molestos. Rechazados.

Aunque oficialmente antirracistas, y hasta moderados, los gobiernos

de las grandes potencias dieron muestras de una debilidad patológica,

colindante con el masoquismo, frente al dictador naciente que aún no

se había afirmado. De su parte no hubo sino negaciones,

complacencias, apostasías. Estupefactos por las puestas en escena

magistrales de Hitler, sus dirigentes parecían formar un círculo a su

alrededor para buscar sus favores, crédulos y temblorosos, ávidos de

engatusarlo. Ni rastros de indignación, de protestas frente a los

saqueos, a las humillaciones, a las persecuciones públicas de judíos y

hasta con carteles, a sus detenciones en masa al mismo tiempo que las

de los opositores al régimen, a la reclusión de esos mismos judíos y de

esos mismos opositores en cárceles o en campos de concentración

creados con este fin, como los de Dachau desde 1933, los de

Buchenwald en 1937, en Alemania, o inmediatamente después del

Anschluss el de Mauthausen en 1938 en Austria.

Pero tampoco se puso ningún obstáculo (a lo sumo algunas

protestas tímidas y breves) a la política extranjera del Reich, a propósito

de la cual el derecho de injerencia no se ponía sin embargo en juego.

Ningún obstáculo en 1934 al rearme de Alemania en violación del

Tratado de Locarno y contra la ocupación de Renania.2 Ese mismo año

tuvieron lugar los Juegos Olímpicos en Berlín. Los atletas del mundo

entero participaron oficialmente. Éxitos prodigiosos de propaganda. La

única condición impuesta por el Comité de los Juegos: los campeones

alemanes judíos deben participar, pero, detalle que parece no perturbar

a nadie, estos campeones (que tenían prohibido utilizar pistas de

deportes y cualquier medio para su entrenamiento), desde el año

precedente, son despojados por las leyes de Núremberg de su

ciudadanía y de sus derechos civiles, como todos los alemanes judíos.

Las mismas leyes prohíben, entre otras cosas, todo matrimonio o

relación sexual entre judíos y arios bajo pena de cárcel.

En 1938, ninguna reacción ante la anexión de Austria por parte del

Reich, “una violación”, según la expresión ulterior de Winston Churchill,

y el mismo año, ante el anuncio de una invasión a Checoslovaquia -

invadida con la bendición general, y en particular con la de Francia-,

como vimos: fue Múnich la que pisoteó así el pacto de asistencia mutua

que vinculaba a los dos países.

Un ejemplo de la atmósfera en los círculos dirigentes: en diciembre

de 1938, Georges Bonnet, ministro francés de Relaciones Exteriores,

en el transcurso de una entrevista con su homólogo alemán Ribbentrop,

lo hace partícipe de “todo el interés que tiene Francia en una solución

del problema judío”, afirmando que los franceses “ya no desean recibir

a judíos procedentes de Alemania”: ¿podría este país “tomar cualquier

medida para impedirles venir a Francia”? Ribbentrop, encantado, le

asegura: “Todos queremos deshacernos de nuestros judíos”, el

problema es que “ningún país desea recibirlos”. Entre compadres…

Estos dirigentes europeos paralizados, que ofrecen a Hitler lo que él

quiera cuando le venga en gana (y apenas osan preguntarse si lo que él

quiere se aleja de sus propios deseos más o menos inconscientes), ya

no son sino una banda de humildes comparsas, que, en el seno de

vociferantes anuncios de la aniquilación de la “raza judía en Europa” y

de las intenciones internacionales depredadoras, acechan en sus

discursos algunas escasas declaraciones más pacíficas y moderadas

con las que se deleita y se tranquiliza entonces el resto de Europa.

Después de la carnicería del 1914-1918, las poblaciones europeas,

incluidos los alemanes, temen más que nada una nueva guerra, lo que

para Hitler constituía un motivo de manipulación. En Alemania se le

manifestaba admiración y agradecimiento por ser capaz de lograr sus

fines sin una conflagración. Obsérvese que al terror de una guerra se

agregaba para muchos el del comunismo, al que el Führer parecía

poner obstáculos… ¡antes de firmar en 1939 un pacto con Stalin!

Claro que en los años treinta y cuarenta, las democracias

occidentales se oponían por principio a la ideología de la Alemania nazi,

pero esto no tenía una importancia primordial y no implicó ninguna

reacción seria en relación con los maltratos practicados abiertamente a

las masas de individuos cuya exterminación se evocaba, además, de

manera recurrente. Estas democracias asistían desde 1933 al ejercicio

de una ferocidad oficial, de crueldades desencadenadas sin parangón y

notorias, apuntaladas por una legislación abiertamente promulgada en

contra de la ley y al servicio de la tiranía. A partir de los años treinta, lo

que ya se conocía de la gama de los crímenes nazis, lo que la prensa

divulgaba de ellos, aquello de lo que siempre se estuvo más informado,

hubiera tenido que bastar para sublevar la oposición sin límites,

intransigente y dirigida, de las naciones democráticas.

Ahora bien, incluso en el transcurso de la guerra, se combatió esta

vez a la Alemania expansionista, pero no explícitamente a la barbarie

nazi que dominaba entonces toda la Europa ocupada; subsistió la

misma indiferencia, el mismo cierre de las fronteras. Los países

mantuvieron los mismos cupos reducidos de inmigrados, dejando a los

judíos atrapados en la ratonera hitleriana. Y sin esperanza ni salida. Sin

recursos. Todo el planeta los eludía, reticente por doquier, lo cual

significaba que en todas partes se auxiliaba el horror.

Fue estrictamente por razones estratégicas y diplomáticas,

cuestiones de territorios, que en 1939 se declaró la guerra. Y a lo largo

de las hostilidades se tuvo cuidado de no dar nunca la sensación de

que el objeto era socorrer a los judíos, con lo que se hubiera corrido el

riesgo, como se estimaba en las esferas políticas aliadas, de

enfrentarse a la opinión pública.

En consecuencia, la victoria fue la de una coalición clásica, pero la

victoria por las armas no prueba el derecho. Pone fin a un conflicto pero

no acaba con él, no lo resuelve. Fue una paz sin inocencia. No fue una

conclusión.

El fenómeno del racismo, que había estado en la base de la Segunda

Guerra Mundial pero que sólo se había tenido en cuenta de un modo

esporádico no estaba resuelto. Considerado no obstante como tal y

abolido por decreto, se aprehendió sólo en sus formas más siniestras y

alucinantes: las de las desmesuras excesivas del genocidio, de aquel

genocidio en particular. No reparaban más que en sus consecuencias

extremas, no en su sustancia y sus raíces, que no estaban ni de lejos

erradicadas.

La evasión general y hasta el consentimiento por omisión frente al

racismo nazi se escamotearon, se arrojaron al olvido y no se mostraron.

La inercia occidental ante la barbarie y su connivencia con el

antisemitismo no se registraron, sino que se consagraron lo mejor

posible a los silencios consensuales de una memoria voluntariamente

reprimida. A pesar de todo, el peso de sus consecuencias dejaba brotar

oscuramente una responsabilidad insostenible, sospechar una especie

de condenación oculta que había que sofocar. De este abandono

mortífero de la democracia por parte de las naciones democráticas

emergía un remordimiento latente más o menos consciente, incapaz de

asumirse, puesto que el instinto antisemita no se había superado. De

ahí, la ineptitud para tratar de reparar lo inexpiable, la resistencia a

recibir sin dudas y por todas partes a los sobrevivientes de este

Apocalipsis.

Pero ellos no habían sido ni el fin manifiesto de la guerra ni el sentido de

la victoria. Y si se abominaba y se vilipendiaba la demencia del despotismo

hitleriano y sus genocidios, al lado de estas monstruosidades, el

antisemitismo ordinario, guardado con discreción por el momento, parecía

tanto más anodino en su trivialidad.

No olvidemos que en aquellos tiempos (recientes) todavía reinaban y

se consideraban naturales la segregación de los negros en Estados

Unidos y el colonialismo en Europa. El dogma del desprecio dominaba,

oficial y respetado.

Un signo entre muchos otros: acabada la guerra, varios cientos de

miles de judíos que se habían salvado, muchos de ellos sobrevivientes

del horror concentracionario y todos, por el hecho mismo de sus

sufrimientos, sin lugar adónde ir y sin medios económicos, fueron

recluidos durante años en campos para “personas desplazadas”,

superpoblados, en condiciones de vida sórdidas: no man’s land

situados en las zonas alemanas y austríacas ocupadas por los Aliados,

a veces en los campos mismos, los del nazismo, donde habían estado

detenidos.3 De tal modo, fueron ellos quienes se volvieron a encontrar

encerrados en el seno de las poblaciones libres de los mismos países

que los habían perseguido, que habían exterminado a los suyos. “La

mejor propaganda británica a favor del sionismo sigue siendo el campo

para personas desplazadas de Bergen-Belsen”, afirmaba con razón

David Ben Gurión.

Estos parias sólo podían liberarse de ello en un muy pequeño

número cada vez, indeseables en todas partes, juzgados en todas

partes como “desplazados”, salvo que estuvieran acorralados en un

campo. Allí se encontraba su verdadero lugar: el lugar del ausente. ¡Y

aún se quejaban de lo que les costaban! En la zona británica, una ley

los sometió de inmediato al trabajo obligatorio y, para sufragar sus

condiciones de vida indignas, estos prófugos del nazismo fueron

empleados a menor costo en provecho de la economía alemana, a

menudo bajo su autoridad. Una observación: se trataba de gente sin

recursos, de “pobres”, siempre los más idóneos para la exclusión. Estas

reclusiones organizadas por las democracias no atormentaron las

conciencias, ni siquiera las rozaron. Todo esto formaba parte del

ambiente de un cinismo inconsciente. De momento, las fronteras no se

abrieron. Los cupos siguieron existiendo. Sin embargo el mundo ya no

estaba tan “saturado” de judíos. Habían muerto millones.

No se hizo nada para garantizar a todos los sobrevivientes respeto,

seguridad y el derecho evidente para cada uno de ellos a un lugar, a un

papel de ciudadano en Occidente mismo, donde estaban en su casa.

Sus patrias europeas o sus lugares de residencia eran todavía suyos, y

si el regreso les resultaba demasiado difícil en aquellas regiones donde

había tenido lugar lo innombrable, lo menos que se podía hacer era

darles acogida en los países occidentales de su elección, que se

inclinaba sobre todo hacia Estados Unidos…, donde se habían

apresurado, por el contrario, en perennizar los cupos. ¡Y esto se

admitió! Como se admitió entonces que en ciertos países de Europa

Central o del Este la animosidad se hubiera perpetuado y, sobre todo,

que se hubiera osado y podido manifestarla a tal punto que la mayoría

de los sobrevivientes que regresaban tenían que volver a partir, como

en Polonia, donde no obstante ya casi no permanecía ningún judío,

pues la mayoría había perecido en el transcurso del genocidio. El

mismo antisemitismo no dejaba de persistir y muy abiertamente,

llegando incluso a provocar nuevos pogromos, como en Kielce en 1946.

Y todo esto no fue tratado como un escándalo inaceptable, sino que se

toleró, bien como una curiosidad, bien como una fatalidad. En cuanto a

esos campos para “personas desplazadas”, que ilustraban de manera

siniestra la inconciencia general, más valía olvidarlos: ¿cómo hubieran

podido los Aliados oponerse si eran ellos mismos los organizadores?

Frente a esta inconciencia, a este inconsciente, reveladores de un

antagonismo mecánico y persistente con respecto a los sobrevivientes

judíos (pobres), el proyecto de un territorio judío que esta vez ya no

sería un gueto, sino un Estado soberano, tenía cierta lógica, que

emanaba de quienes desde hacía tanto tiempo oscilaban, según

Hannah Arendt, “entre los países de los que se desea que nos vayamos

y aquellos donde no se nos deja entrar”.

¿Incluía Hannah Arendt entre estos últimos a los países neutrales?

¿Qué pasó con Suiza, por ejemplo? El título de un recuadro aparecido

en Le Monde lo ilustra mejor que cualquier documento: “Una ley

rehabilita a los suizos que han ayudado a los refugiados judíos”. Título

tanto más elocuente cuanto que esta buena noticia data de… ¡enero de

2004! Júzguese por esta mansedumbre:

Los suizos que han ayudado a refugiados judíos bajo el nazismo y que han sido

sancionados en nombre de la neutralidad helvética pueden a partir de ahora ser

rehabilitados de acuerdo con una ley que entró en vigor el 1º de enero [de 2004]

[…] Tienen cinco años para hacerlo. El período afectado va de 1933, fecha del

ascenso de Hitler al poder en Alemania, al fin de la Segunda Guerra Mundial. La

anulación de una condena no da derecho a daños y perjuicios.

A propósito de estos criminales contra la humanidad, la AFP (Agence

France-Presse) precisa que

varios centenares de ciudadanos helvéticos […] habían perdido su empleo o

habían sido condenados a una multa y hasta a una pena de cárcel por haber

ayudado a víctimas de los nazis, especialmente a judíos, a huir, o por haber

albergado a fugitivos sin haberlos declarado a las autoridades.

Aunque no se los iba a felicitar a pesar de todo, se llegaba a la

indulgencia de rehabilitarlos sesenta años más tarde. ¿Pero qué pasó

con aquellos, si los hubo, que virtuosamente habían “declarado” a esos

judíos a las autoridades? ¿Fueron al menos condecorados?

Ante la conmoción del pueblo suizo frente a los judíos que trataban

de encontrar refugio en su país, Édouard de Haller, dirigente influyente

de la Cruz Roja, lamentaba que “los miembros del Comité no escaparan

de la ola de generosidad simplista que hace estragos en el país”. Su

presidente, Max Huber, escapaba de ello por completo, y a lo largo de

toda la era nazi veló para que la Cruz Roja, a pesar de estar informada

en forma permanente, no interviniera nunca, o muy pocas veces y

además tímidamente, sin insistir ni comprometerse frente a las

persecuciones sufridas por los judíos, frente a los suplicios, a la

hecatombe en curso. Su lema era: el temor de verse reprochado, junto

con sus colegas, por una “intrusión en los asuntos internos de un

Estado al intentar actuar a favor de ciertas categorías de personas4

consideradas por ese Estado como dependientes exclusivamente de su

legislación interna”. Para Max Huber, la Cruz Roja tenía el deber

sagrado de abstenerse de cualquier reacción, de cualquier uso de su

prestigio que tendiera a intentar incluso la atenuación, por muy débil

que fuese, de determinados horrores. La mínima carencia de

consideración, de deferente neutralidad hacia las autoridades nazis o

incluso hacia las de la Francia de Vichy le hubiera parecido del peor mal

gusto.5 Ante tales dimisiones, se puede medir la aniquilación de

cualquier garantía y el aislamiento de los europeos judíos en su propio

espacio con frecuencia tan desnudo, tan despojado de aquellos que no

eran sus asesinos, a los que se resistieron sólo grupos aislados.

Otros tantos reflejos racistas persistentes y docilidades frente al

antisemitismo, que por no haber sido contradichos al final de la guerra

mediante una apertura inmediata, calurosa y radical del mundo

occidental a las víctimas judías provocaron en un buen número de

países una sorda culpabilidad latente con relación al genocidio, cuya

fuente había sido este tipo de reflejos; culpabilidad que fue, si bien no el

origen (que corresponde al sionismo), al menos uno de los dos orígenes

y un motor esencial de la tragedia que persevera en Oriente Próximo

desde hace décadas y que parece inextricable.

No es, y este libro se propone establecerlo, la historia de Israel o de

Palestina la que se despliega hoy, sino la historia prolongada,

deportada, desfasada, reinsertada en Oriente, del Occidente

horrorizado de sus propios excesos y no obstante incapaz de erradicar

sus prejuicios tradicionales aparentemente anodinos, pero que, aunque

poco espectaculares, instauran el orden que conduce al horror.

¿Saben los palestinos y los israelíes -¿lo sabemos nosotros?- hasta

qué punto son ajenos a su historia actual, a su propio presente? ¿Hasta

qué punto son víctimas, no unos de los otros, sino unos y otros, de una

historia supuestamente caduca que ha permanecido en suspenso,

reactivada aquí sin fin y que los ha implicado en conflictos artificiales en

su origen y además interminables? Una historia europea en la que

ninguno de los dos fue el verdugo ni el culpable. Los árabes reciben el

lastre, el castigo de un desastre al que son totalmente ajenos; los

judíos, víctimas de este desastre, incitados, cuando no acorralados en

un papel de intrusos, y sin poder ver que, aunque voluntariosos, aunque

vencedores, se los había puesto en cuarentena.

Véanlos agredirse, matarse entre ellos, judíos y árabes y después

israelíes y palestinos bajo la mirada de un Occidente condescendiente,

liberado, que se presenta como árbitro de sus hostilidades. Un

Occidente desprendido, simbólicamente al menos, de su preocupación

obsesiva, preocupación que vemos transplantada, metamorfoseada,

impuesta en otro contexto, otras geografías, absorbida en luchas que le

son ajenas. Un Occidente que de tal modo espera desembarazarse de

los acosos de su propia historia, capaz de considerar prescrito el horror

del genocidio nazi y del consentimiento y la indiferencia que lo habían

acompañado, frente a una tragedia nueva de la que podía y puede

todavía tener la pretensión de no considerarse responsable.

1 Lista de los países: Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Italia, Suiza,

Dinamarca, Noruega, Suecia, Holanda, Canadá, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Australia y

veinte repúblicas de América Latina. En cambio, después de la guerra, en América del

Sur algunos países acogieron muy generosamente a refugiados… nazis.

* Las referencias bibliográficas de las citas que hay a lo largo de la obra se dan al final

de la misma. Siguiendo el criterio de la edición francesa, están indicadas en función

del número de la página en la que aparecen.

2 En el momento de esta invasión, Hitler se disponía a retirar de inmediato sus tropas

ante el menor signo de oposición del ejército francés, pero no hubo ninguno. “Francia

podía detener a los alemanes en Renania. Nosotros hubiéramos estado obligados a

anunciar la retirada. Pero hoy es demasiado tarde para Francia”, comentó el Fürher

dos años después con el fin de persuadir (con razón) al canciller Schuschnigg de que

Francia y sus aliados no intervendrían en1938 para salvar a Austria (William Shirer, Le

Troisième Reich, París, Stock, 1967 [trad. esp: Historia del Tercer Reich, 4 vols.,

Barcelona, Océano, 1980]).

En Berlín, Victor Klemperer, alemán y judío, escribía en su diario el 8 de mayo de

1938: “Discurso de Hitler sobre la ocupación de la Renania (violación de los acuerdos

de Locarno). Hace tres meses yo estaba convencido de que la guerra estallaría

aquella misma noche. Hoy, vox populi (mi carnicero): ‘No corren peligro’. Convicción

general que es también la nuestra: todo seguirá en calma… Un nuevo ‘acto de

liberación’ de Hitler, la nación está exultante -¿qué es la libertad interior, qué nos

importan los judíos?-. Su posición está asegurada por tiempo indefinido” (Victor

Klemperer, Mes soldats de papier. Journal de 1933 à 1941, 1, vol. 1, París, Seuil,

2000).

3 Chipre fue también un emplazamiento de este tipo de campos a partir de agosto de

1946. La guerra había terminado en 1945.

4 El énfasis me pertenece.

5 Una circular de la Cruz Roja dictaba las reglas de conducta a sus agentes que

supuestamente socorrían a niños víctimas de la guerra en la Francia ocupada: “Las

leyes y los decretos del gobierno de Francia deben ser ejecutados con exactitud, y

ustedes no tienen que analizar si se oponen o no a sus convicciones […] Conocemos

la actitud que han adoptado las Iglesias católica y protestante con relación a algunas

directivas de Vichy, pero como representantes de la Cruz Roja suiza, no nos podemos

dejar influir por esta posición […] En Francia, ustedes deben respetar una estricta

neutralidad como extranjeros”. Si algunas tareas les repugnaban excesivamente,

había una alternativa: “Nosotros les pediremos la dimisión antes de que continúen en

su trabajo y comprometan el prestigio de la Cruz Roja” (Oscar Rosowsky, Le Monde,

correo de los lectores, 18 de febrero de 2004).

GENTILEZA DE LAURA VIZCAY

Roca y el mito del genocidio
Oct 15th, 2008 by raulcelsoar

Roca y el mito del genocidio

Juan José Cresto*. 2006. La Nación, Bs.As.
*Director del Museo Histórico Nacional y
presidente de la Academia Argentina de la Historia.
http://www.produccion-animal.com.ar/

Hace poco más de un siglo, el 12 de octubre de 1904, el general Roca entregó al doctor Manuel Quintana los atributos de la presidencia de la República. Había cumplido su segundo mandato, pero su influencia política desde 1880 había transformado el país. La Argentina era una potencia respetada. El general Mitre, ya anciano y verdadero patriarca de la argentinidad, fue a su casa ese mismo día para felicitarlo por su gestión: “Ha cumplido”, le dijo parcamente, porque el juramento de su asunción, en 1898 lo había hecho ante el patricio.
Diez años después, el 19 de octubre de 1914, Roca moría en Buenos Aires. Los últimos años los dedicó a organizar su estancia La Larga, levantando casas para su personal, cultivando arboledas y caminos y mejorando su hacienda. Se cumple este año el centenario de su alejamiento del poder y noventa años de su fallecimiento. El país no lo ha recordado suficientemente.
En los últimos tiempos una historiografía carente de toda documentación sostiene que la expedición de Roca de 1879 contra los indios, fue un genocidio. Ello revela supina ignorancia u oculta intereses de reivindicaciones territoriales. El tema indígena es complejo, porque abarca regiones muy diferentes, desde los paisajes andinos atípicos hasta la cuña boscosa del Chaco, con razas que no eran ni son comparables, como los diaguitas, los abipones o los mapuches. En el Sur, los pueblos araucanos procedían de Chile e ingresaron al hoy territorio nacional hacia principios del siglo XVIII, según lo refieren numerosos historiadores de ese país, algunos con carácter reivindicatorio.
La pampa agreste estaba totalmente desierta, con algunos bolsones de pobladores aislados. En la provincia de Buenos Aires se denominaba “poblador del Salado” a quien se instalaba más allá de ese importante río. Sin alambrados, sin títulos de propiedad, salvo antiguas mercedes realengas, o con títulos imprecisos basados en la simple ocupación, el llamado “estanciero” era el ganadero que cuidaba vacas criollas, que no tenían parecido con las de nuestra época, vivía con el cuchillo en la faja y dormía en un rancho que él mismo construía. Su beneficio empresario consistía solamente en la explotación del cuero del vacuno, que canjeaba en la pulpería o en “las casas”, o poblado más próximo. Compartía, sí el temor al malón indígena.
Al caer la tarde, hacía recostar a su caballo en el suelo para ver la reacción del animal, cuya sensibilidad le permitía saber si la tierra se movía. En ese caso, sabía que, a lo lejos, los indios galopaban y él debía huir, abandonando todo.
El horror del malón se ha descripto repetidas veces, pero hay que recordar que el indio fue temible cuando aprendió a montar el caballo que trajo el europeo, para robar las vacas que también vinieron con los españoles y venderlas en Chile. También cuando aprendió a usar la cuchilla de hierro, que también obtuvo de la industria del hombre blanco. Los aduares indígenas estaban llenos de cautivas, mujeres blancas a las que se les hacía un tajo profundo en la planta de los pies para impedirles la fuga. Ellas tenían que soportar la indignación y el odio de las mujeres indias de la tribu.
La historia argentina está llena de historias de pequeños y de muy grandes malones a lo largo de los siglos XVIII y XIX, hasta la decisiva ocupación de desierto por Roca. La política de ocupación no se inicia con este exitoso militar, sino que continúa desde los primeros gobiernos patrios. Rosas hizo una expedición contundente, pero después de Caseros las tribus se alinearon, unas con el gobierno de la provincia de Buenos Aires y otras con el de la Confederación, participando en la política partidista.
Mitre quiso erradicar el delito en las pampas y no lo pudo lograr por tener que dedicar sus esfuerzos a la guerra del Paraguay. Sarmiento sufrió grandes malones y la batalla de San Carlos es un verdadero hito de la historia. Avellaneda, que soportó una grave crisis financiera internacional, tuvo una política de ocupación a través de su ministro Adolfo Alsina, quien hizo construir una larga zanja de más de cuatrocientos kilómetros para evitar los malones, en una guerra defensiva sin mayores resultados. Finalmente, Roca, que conocía el desierto, organizó una expedición ocupacional decisiva. Este joven general había ganado todos sus ascensos, uno tras otro, en los campos de batalla.
¿Estaba Roca ocupando tierras de indios? La respuesta es categóricamente negativa. Esas tierras desiertas comienzan a ser ocupadas con las expediciones pobladoras de la España colonizadora del siglo XVI que, repetimos, trajeron el caballo y la vaca. Los indios iniciaron su ocupación 180 años después.
Los indígenas americanos precolombinos estaban radicados en mínimas parcelas de territorio y aprovecharon los descubrimientos, invenciones, ingreso de animales antes desconocidos y la tecnología del blanco para su expansión territorial. De suponer válida la peregrina teoría del primer poblador, tal vez debiéramos remontarnos al homínido y considerar al propio hombre de Neanderthal como un usurpador.
Pero existen algunas consideraciones que hay que sopesar: la expedición debe adjudicarse al gobierno del presidente Avellaneda, quien designó para comandarla a su ministro de guerra, el general Julio Argentino Roca, en estricto cumplimiento de la ley del 25 de agosto de 1867, demorada doce años por las dificultades políticas y económicas del país. “La presencia del indio -decía la ley- impide el acceso al inmigrante que quiere trabajar.” Para financiar la expedición se cuadriculó la pampa en parcelas de 10.000 hectáreas y se emitieron títulos por la suma de 400 pesos fuertes cada uno, que se vendieron en la Bolsa de Comercio. Aunque prohibieron la adquisición de dos o más parcelas contiguas, esta venta fue la base de muchas de las fortunas argentinas.
La ley, la expedición y la organización fueron discutidas en el Congreso y votadas democráticamente. Todo el país, toda la población de la Nación, quería terminar con este oprobio, desde el Congreso y los gobiernos provinciales hasta los periódicos, sin excepción.
Roca organizó la expedición y a ella se incorporaron no solamente cuerpos militares, sino también periodistas, hombres de ciencia y funcionarios. El periodista Remigio Lupo la integró como corresponsal del diario La Prensa y remitió sus crónicas. Monseñor Antonio Espinosa publicó su diario, con noticias muy valiosas de todo lo mucho que vio, pero también escribieron hombres de ciencia, como los doctores Adolfo Doering y Pablo Lorenz, y naturalistas, como Niederlein y Schultz, que estudiaron la flora, la fauna y las condiciones del suelo.
Acompañaron también enfermeros y auxiliares. Los indios prisioneros y los niños, mujeres y ancianos fueron examinados por sus dolencias, vacunados y muchos de ellos remitidos a diversos hospitales de la muy precaria Buenos Aires de esos días.
Ahora bien: ¿puede creerse que toda estas personas y otras que siguieron paso a paso la expedición pueden ser cómplices de silencio en caso de genocidio? ¿Se concibe un secreto de cinco mil personas? ¿Lo hubiera permitido un humanista como el presidente Avellaneda? La única realidad es que la llanura pampeana quedó libre de malones y que a los indígenas se les asignaron grandes reservas, si bien es cierto que individuos inescrupulosos les cercenaron posteriormente muchas de sus parcelas con supuestos derechos, actitud reprobable, sin duda, que forma parte de litigios del derecho civil.
Por otra parte, mencionar al indio como tal es un insulto. ¿Por qué indio? El es, simplemente, un argentino entre treinta y siete millones de habitantes, con los mismos derechos y obligaciones que todos. No merece ningún tratamiento especial ni más derechos que otros, pero tampoco ninguna tacha que lo invalide, que lo relegue o que lo menoscabe, porque tiene también todas las prerrogativas constitucionales. Es nuestro conciudadano y, por lo tanto, nuestro hermano. Merece y tiene todo nuestro fraterno afecto. No más, no menos. Lo contrario es indigno y discriminatorio.
Lo que se quiso hacer y efectivamente se hizo fue concluir con los asaltos a pueblos indefensos y poner la tierra fértil a disposición de la población para ser trabajada. En efecto, en menos de 25 años a la Argentina se la llamaba “la canasta de pan del mundo”.
El 12 de octubre de 1880, Roca juró como presidente de la República, por haber vencido a Tejedor en las elecciones. Hizo un gobierno histórico: concluyó el tratado de límites con Chile, en 1881; desarrolló la instrucción pública; construyó escuelas; extendió los ferrocarriles. Los inmigrantes agricultores comenzaron a agruparse en colonias. Se estibaron miles de bolsas de trigo en las estaciones.
El pedestal de la gloria de Roca está en sus dos gobiernos y en su orientación política, mucho más que en la ocupación del desierto, pero ésta es un timbre de honor de su biografía. Con el tiempo, a través de personas que no han leído específicamente sobre el tema o que tienen otros intereses, se ha creado una fábula que gente de buena fe la ha creído, porque así se elaboran los mitos que después parecen “verdades reveladas” de valor teológico. Felizmente, cualquier serio investigador de historia, cualquier estudioso del pasado que se documente, se preguntará azorado: ¿qué genocidio?
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